Las piedras cantan

Ayer escuché al Rvdo. Héctor J. González Vázquez, pastor de la Iglesia Cristiana (Discípulos de Cristo), mencionar un verso del poema de José de Diego (1867-1918) El canto de las piedras. De Diego, un poeta, político y abogado aguadillano, escribió este poema inspirado en su pueblo. En él llama canción al sonido producido por el choque de las olas contra las rocas al llegar a la orilla del mar. Cuando escuché este comentario, recordé unas imágenes que en una ocasión intenté dibujar. Yo me visualizaba en ese momento como una roca golpeada por las recias ondas del mar, pero no me veía a mí misma huyendo o protegiéndome de ellas, sino enfrentándolas con fortaleza. Sabía que Dios me permitiría permanecer firme y resistir los embates de las situaciones que en ese momento arreciaban contra mi vida porque Él es mi Roca Fuerte y Firme. 

Al recordar el poema de De Diego, comprendí que no se trataba sólo de resistir; se trataba de cantar, es decir, de enfrentar los embates de la vida con alegría, con la fortaleza que proviene del gozo que Dios da a nuestro corazón cuando le reconocemos Señor de nuestra vida. Esto sólo puede hacerse cuando dejamos de enfocarnos en el problema y mantenemos nuestra mirada en el Dios Soberano que tiene todo bajo control. 

Ahora pienso que Dios no sólo desea que a través de las adversidades que superamos en la vida logremos ser más fuertes, sino también que aprendamos a ser felices, sonreír y disfrutar la vida sin importar las circunstancias. Pienso que Él desea que aprendamos a vivir confiados y felices incluso en este mundo complicado por el pecado. Por eso se ofrece como nuestra Roca y nos invita a encontrar deleite en Su presencia y compañía. 
                  
Sólo él es mi roca y mi salvación: Es mi refugio, no seré movido. Salmos 62:6
Me mostrarás la senda de la vida: Plenitud de gozo hay en tu presencia; Delicias en tu diestra para siempre. Salmos 16:11
 
 
EL "CANTO DE LAS PIEDRAS"

Hay un sitio en las costas de Aguadilla
al pie de una montaña de granito
y a poco trecho del lugar bendito
en que duermen los muertos de la Villa

un sitio entre las rocas, do se humilla
la onda que bate al duro monolito,
y es perenne el rumor y eterno el grito
que se oye en toda la escarpada orilla.

Cuando, al sordo fragor del oleaje,
allí las tempestades se quebrantan,
vibra más fuerte el cántico salvaje:

el himno de las piedras, que levanta
las que su nombre dieron al paraje...
¡porque en mi pueblo, hasta las piedras cantan!

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